La artista explora la conquista española en el Darién en su exposición Mar tenebroso, selva indomable, en el Museo del Canal. La muestra destaca por su fuerza artística, al tiempo que plantea interrogantes sobre la representación de los pueblos indígenas y la interpretación de la historia colonial
Desde las emblemáticas pinturas de Roberto Lewis (1874-1949), que plasman escenas como el nacimiento mítico de la República en el Teatro Nacional, Vasco Núñez de Balboa “descubriendo” el Mar del Sur en el Palacio de las Garzas y sus célebres alegorías indigenistas en la Normal de Santiago, los artistas panameños han buscado dar forma a nuestra identidad e historias desde perspectivas personales y contextos de su tiempo. Isabel De Obaldía (Washington, 1957), reconocida artista panameña, continúa esta tradición.
En la exposición individual “Mar tenebroso, selva indomable”, abierta al público en el Museo del Canal Interoceánico, De Obaldía ofrece una visión personal sobre la conquista española en el Darién. Aborda los encuentros y conflictos que forjaron el devenir histórico de la región a partir de la llegada de los españoles en el siglo XVI.
Según la historiadora del arte Mónica E. Kupfer, Isabel De Obaldía ha explorado “temas de género y ecología en su característico estilo neofigurativo”, es decir, representando la figura humana de manera reconocible pero reformulada. A esto puede añadirse que la obra de De Obaldía se inscribe también dentro del neoexpresionismo, corriente artística que alcanzó gran auge en las décadas de 1970 y 1980, y que se caracteriza por la contorsión deliberada de las formas para intensificar una fuerte carga emocional y gestual, así como por el uso vibrante e intenso del color.
A partir de los años 90, De Obaldía fue labrando otro lenguaje distintivo en la escultura de vidrio mediante técnicas que le permiten jugar con texturas diversas y muy táctiles. El cuerpo humano se desmiembra y su arte va poblándose de objetos (metates, troncos, bastones) y un bestiario singular que, juntos, parecen desenterrar la memoria espiritual de un mundo perdido.
En 2024, De Obaldía formó parte del Primer Pabellón de Panamá en la Bienal de Arte de Venecia con una instalación artística titulada “Selva”. La obra integraba pintura de gran formato, esculturas de vidrio y una banda sonora compuesta por voces de migrantes y sonidos ambientales de la selva del Darién.
Hasta febrero de este año, la artista volvió al tema de los migrantes en el Darién con la muestra ”Y aquí estamos hechos pedazos”, expuesta en la Maison de l’Amérique Latine en París, donde presentó obra pictórica inspirada en la selva darienita, otra vez junto a figuras colgantes de vidrio. Según deduzco por imágenes y videos de fuentes periodísticas, así como de la página web de la artista, una protagonista importante es el agua, plasmada en hipnóticas y claustrofóbicas formaciones semiabstractas. En ese sentido destaca el dramático lienzo con un cadáver flotando en un río, que recuerda el suicidio de Ofelia, el trágico personaje de Shakespeare en Hamlet, según la versión (1900) del simbolista alemán Friedrich Heyser, quien a su vez se inspiró en la ya clásica pintura (1851) del prerrafaelita inglés John Everett Millais.
Un pasado tenebroso e indomable
En la actual exposición en el Museo del Canal Interoceánico, De Obaldía, por tercera vez en dos años, retoma su preocupación por el Darién, pero ahora desde el punto de vista de la conquista española. Ana Elizabeth González, directora y curadora en jefe del Museo del Canal, explica en el texto de pared que, con sus paisajes, la artista “desborda” la narrativa oficial en torno al Darién “y descentra la pretensión humana de atravesar, ordenar o dominar el territorio, cuestionando las miradas que históricamente han intentado apropiárselo”.
Junto a sus pinturas y esculturas, De Obaldía incorpora ahora dibujos y monotipos alterados —estampas transferidas al papel que la artista interviene— y una instalación. Las obras pueden agruparse en dos grandes categorías. Por un lado, aquellas que buscan su fundamento en la interpretación de la historia. Por otro, las que exploran un universo personal, psicológico y simbólico. Este último es un rasgo distintivo de la producción más impactante y original de la artista.
Veamos algunos ejemplos de la primera tendencia. “Cemaco”, la pintura que representa al cacique cueva que resistió la conquista, evoca la imagen de un San Juan Bautista sumergido en el agua. Es también una representación arquetípica del indígena con tatuajes y collar de jaguar. El retrato inspirado en figuras históricas no es una práctica reciente. El gran expresionista inglés Francis Bacon, por ejemplo, reinventó en 1953 el célebre retrato del papa Inocencio X (1650) de Diego Velázquez para plasmar el horror del mundo contemporáneo en clave expresionista. Esto plantea una pregunta fundamental (y no será la primera ni la última vez que la hago en mis artículos): ¿De qué sirve recrear el pasado si este no dialoga con el presente?
Lo mismo puede decirse de la obra “Balboa”, cuya referencia principal es un mapa tomado del libro de la historiadora Kathleen Romoli, autora de Balboa del Darién: descubridor del Pacífico (1953). En cuanto a “Camayoas” —que representa la ejecución, ordenada por Balboa, de un grupo de indígenas acusados de sodomía y entregados a los perros—, sintetiza el célebre grabado (1594) de Theodor de Bry sobre el mismo tema.
Por otra parte, en “Sendero”, una de las obras más hermosas de la muestra, la artista no pretende otra cosa que llevarnos a sus poderosos paisajes emocionales. Con la serie “Del Tigre” retoma sus personajes felinos para ahondar en dimensiones psicológicas y oníricas. “Bahía de tiburones” —quizá su pieza más misteriosa, entre otras razones, porque prescinde de referencias geográficas e históricas— muestra la lucha entre estos depredadores feroces en las orillas y desde el aire.
¿Cuáles son los límites y alcances del estilo expresionista de la artista? ¿Llega su gran destreza a entablar una conversación con la cotidianidad y la urgencia del presente?
Para mí, la pieza más problemática del conjunto es la obra instalativa “Dabaibe”, una especie de recreación simbólica de El Dorado, territorio mítico que los indígenas mencionaron a Balboa y a otros conquistadores, y que Romoli analiza con detallada atención. Pequeñas esculturas en vidrio de rostros, ojos, torsos y medallones con diseños precolombinos provenientes de las provincias centrales cuelgan sobre un gran fondo pintado que reproduce un paisaje digital de la selva del Darién. Las acompaña una “cumbia emberá”. El resultado es una fantasía romántica o disneylándica del mundo precolombino en territorio panameño.
¿Cómo era el Darién durante la conquista? Se ha dicho que la historia del arte la hicieron los artistas y ahora las instituciones.
¿Cuál es el papel de la curaduría del Museo del Canal en esta exhibición en términos artísticos, históricos y pedagógicos?
Aunque la antigua narrativa oficial, sustentada en las crónicas de los conquistadores, nos ha movido a imaginarnos el Darién de la época como una selva impenetrable, la investigación de historiadores, arqueólogos y antropólogos demuestra que, en realidad, en buena medida se trataba de un territorio modelado por la acción humana durante miles de años. A inicios del siglo XVI, en el Darién existían sociedades organizadas en cacicazgos, con sistemas avanzados de producción agrícola, riqueza acumulada y un paisaje marcado por la deforestación, amplias zonas de cultivo y numerosos asentamientos permanentes.
Entre estos grupos destacaba el pueblo Cueva, antiguos habitantes del Darién, las costas caribeñas y pacíficas, incluyendo las islas del Golfo de Panamá, e incluso de zonas al oeste, como La Chorrera. Cabe recordar que la palabra “Panamá” tiene origen en el idioma cueva. Estos pueblos no eran nómadas salvajes ni primitivos escondidos en la espesura, sino sociedades complejas y arraigadas en el paisaje. Sin embargo, en esta exposición su presencia apenas se limita a escasas referencias marginales en alguna que otra cédula o material adicional de consulta.
¿Cómo era la cultura material de los pueblos que habitaban el Darién? Se ha encontrado orfebrería sofisticada, cerámica decorada y talla en piedra que forman parte de una tradición estilística que dialogaba tanto con sus parientes étnicos del centro de Panamá como con sus contrincantes del golfo de Urabá y del actual Chocó colombiano.
¿Constituye la propuesta de Isabel De Obaldía un comentario crítico a la mirada colonial o, por el contrario, termina reforzándola? Si bien la artista ha manifestado legítimas preocupaciones ambientalistas, cabe cuestionar si es posible trasladar la atmósfera de nuestro actual paisaje selvático a las representaciones históricas de la conquista sin caer en el estereotipo. ¿Qué versión del pasado propone realmente esta exposición?
Al presentarse en el Museo del Canal —un espacio ante todo dedicado a la historia—, la visión de la artista podría interpretarse como una corroboración, no de las acciones, sino de la mirada colonial. Además, la curaduría de la muestra no interpela ni cuestiona a fondo la historia oficial de la conquista, la transformación del paisaje ni el genocidio del pueblo cueva. De Obaldía se nos muestra como cronista de su propia experiencia vital, pero no del pasado y mucho menos del presente colectivo o ajeno. Ser cronista y, a la vez, ser artista contemporáneo implica, en última instancia, diálogo y compromiso con el entorno y con la memoria.
La Estrella de Panamá